Qué es SUMA

SUMA es un lugar en Subachoque, Cundinamarca, en el Paseo Hygge, donde trabajan joyeros, artistas y artesanos. Adentro funcionan un taller de joyería, una tienda de productos artesanales, un estudio de yoga y meditación, un salón donde se dictan talleres de oficios y un cine club. Desde aquí también se publica un fanzine y se produce Resplandor, un ron artesanal de caña panelera.

La lista puede parecer dispersa. La une una manera de trabajar.

Los oficios

Todo lo que ocurre en SUMA tiene la forma de un oficio: atención sostenida en el tiempo, conocimiento que no se separa del cuerpo ni del entorno, pensamiento que ocurre mientras se hace. La mano que aprende, el ojo que calibra, el criterio que se forma con los años.

Eso pasa igual cuando se suelda una argolla de plata, cuando se cose el lomo de una libreta, cuando se controla la temperatura de un alambique o cuando se sostiene la respiración en una postura. Cambia la materia, se repite el gesto de fondo. Por eso la joyería, la cocina, la encuadernación, el yoga y la destilación conviven en el mismo lugar sin que haya que explicar mucho: son variaciones de una misma práctica.

Lo que reúne todo lo que pasa acá cabe en una frase: se trabaja con las manos, con el cuerpo o con la atención. Ahí caben la orfebrería y el tejido, la encuadernación y la meditación, la cocina y el yoga. Quien viene a SUMA viene a aprender algo, a descubrir un oficio o a practicar, y esa es la medida de lo que hacemos y de lo que alojamos.

Enseñar

Enseñar es la otra mitad del oficio. Un saber que no se transmite se acaba con quien lo tiene, y los oficios que trabajamos acá llegaron hasta nosotros porque alguien se tomó el trabajo de enseñarlos.

Por eso las clases no son un ingreso adicional al taller: son parte de lo que el taller es. Se enseña en la misma mesa donde se produce, con las mismas herramientas, y quien aprende se lleva la pieza que hizo. Transmitir lo aprendido es un compromiso con los maestros y con quienes vienen después.

Quiénes lo sostienen

SUMA lo fundaron Alexandra y Sergio Fernández Uribe, y son ellos quienes lo sostienen día a día. Los dos vienen de la joyería, y ahí empezó todo.

Alexandra dirige la tienda, que es la línea más grande de SUMA y la puerta de entrada de todo lo demás. Armar y sostener una tienda de artesanías es un oficio en sí mismo: la relación con los artesanos y proveedores que dejan su trabajo acá, el trato con quien entra, y sobre todo el ojo para saber qué producto tiene sentido en este lugar y a qué precio se vende. Ese criterio no se improvisa, se forma con los años mirando qué se mueve y qué no. Dirige también el estudio de yoga, con una década de enseñanza y formación certificada en kundalini.

Sergio se quedó en el oficio de la joyería y con los años lo fue abriendo hacia la escultura en metal y la metalistería, que hoy trabaja en el taller junto con la platería, la producción de piezas y la formación de alumnos. Lleva la contabilidad y la proyección económica del proyecto, y escribe el fanzine.

Buena parte de lo que es SUMA se explica por ahí: las líneas que sostienen el lugar son, antes que nada, lo que cada uno sabe hacer. Lo demás fue creciendo alrededor.

De esto vivimos

SUMA es el trabajo del que vivimos. Las piezas de la tienda, las clases, los talleres, el yoga y el ron tienen un precio, y ese precio es lo que paga el arriendo, sostiene el lugar y nos permite seguir haciendo esto.

Lo decimos de frente para que nadie llegue con una expectativa equivocada. Esto es un taller donde se trabaja, una tienda que vende y un estudio donde se enseña y se practica.

Se pasa bien acá, y esa es buena parte de lo que ofrecemos: una tarde larga en una mesa de trabajo, con tiempo para equivocarse y sin afán. El gusto viene de hacer algo con las manos y llevárselo.

Hay dos excepciones, y las sostenemos con gusto: el fanzine se entrega gratis, y el grupo de meditación de los martes no tiene costo.

Una economía regenerativa

SUMA se piensa como un proyecto de economía regenerativa. Producir sin sobreexplotar, vender sin alienar, enseñar desde el compartir, sostenerse cuidando en lugar de agotando. Hacer economía desde el territorio antes que desde el mercado global.

Cobrar un precio justo es parte de eso. Un proyecto que se agota regalando su trabajo deja de poder sostener a nadie, ni a quienes lo hacen ni a los proveedores que dependen de él.

En la práctica son decisiones concretas y a veces incómodas. Trabajamos en cantidades pequeñas, con materiales que se pueden rastrear y con procesos que aguantan ser explicados. La tienda vende el trabajo de artesanos y productores que viven cerca, con las condiciones acordadas de frente. Los talleres se cobran a un precio que sostenga a quien los dicta. El ron se destila en lotes chicos, con caña panelera, sin aditivos y sin apuro. Los ritmos de trabajo se revisan cada mes, incluyendo el cansancio y el disfrute de quienes sostienen el proyecto.

La riqueza que nos interesa medir incluye el dinero suficiente para vivir, y además los vínculos que se retejen, los saberes que circulan y las voces que ganan espacio.

El lugar

Subachoque es el sitio donde esto tiene sentido. Un taller pequeño en un municipio pequeño trabaja con lo que hay: proveedores del territorio, vecinos que enseñan lo que saben, gente que llega caminando el Paseo Hygge un sábado en la mañana. Enraizarse acá permite algo que la escala grande vuelve imposible, que es conocer a quien produce, a quien enseña y a quien compra.

Lo que pasa adentro

El taller de joyería produce piezas y forma alumnos, en cursos trimestrales, clases individuales y talleres cortos. La tienda reúne esa producción con la de otros artesanos. El estudio de yoga sostiene el trabajo con el cuerpo, y el grupo de meditación de los martes sostiene el trabajo con la atención, que es la base de todo lo demás.

Los talleres de fin de semana abren el espacio a otros oficios y a otras prácticas, con talleristas invitados que traen lo suyo: encuadernación, tejido, bordado, cocina, trabajo con el cuerpo y la conciencia. Cada quien enseña a su manera y con sus palabras. Lo que pedimos es que se haga algo con las manos, con el cuerpo o con la atención.

El cine club propone aprender a mirar. El espacio se transforma para exposiciones, y en el resto del tiempo las paredes sostienen obra de artistas que trabajan cerca.

Algunas cosas que empezaron acá siguieron su camino en otro lugar. El club de lectura nació en SUMA con la idea de crear un espacio dialógico en lugar de una cátedra, y hoy se reúne en la librería Tinta y Tiempo, que es el sitio natural para un club de lectura. Sigue siendo parte del proyecto, ahora en colaboración.

El fanzine pone por escrito las ideas que atraviesan todo esto, número por número.

Cada actividad se sostiene sola y todas se necesitan entre sí.